Probablemente tengas varias propuestas sobre la mesa y esta sea una de las decisiones de gestión más importantes que vas a tomar. Es normal dudar, sobre todo si alguna alternativa parece encajar mejor de origen con tu forma de trabajar.
Ningún producto cubre todas las necesidades de todas las empresas. Cada solución cubre bien unas cosas y regular otras, y la que parece perfecta en la demostración suele serlo porque la demostración la ha preparado quien la vende.
Aceptarlo desde el principio evita buscar una certeza que no existe y permite comparar con criterios útiles.
La demostración la prepara quien la vende. Compara sobre tus procesos, no sobre el guion del comercial.
No los fáciles de vender: los que deciden el resultado a largo plazo.
Medido sobre tus procesos concretos, no sobre una lista de casillas.
Incluyendo crecimiento de usuarios y actualizaciones.
Cuántos pueden mantener ese sistema si el actual falla.
Tus datos y tu código, y qué pasa con ellos.
Cuando el negocio cambie, que cambiará.
Suele explicar el resultado mejor que el producto.
Estos cuatro casos lo hacen especialmente interesante.
Ventas, compras, almacén y contabilidad en un mismo sitio, sin exportar ni repicar datos.
Que un único proveedor pueda atarte a un sistema durante años.
Y quieres poder encargárselas a quien elijas, no solo a quien te lo vendió.
Que el dinero vaya al trabajo que se hace, no a renovaciones.
Hay casos en los que Odoo no es la respuesta más sensata.
Lo importante: la decisión sobre el producto pesa menos de lo que parece. Una implantación mediocre de un producto excelente da peor resultado que una implantación excelente de un producto correcto. Dedica al menos la mitad del esfuerzo de evaluación a valorar a quién se lo encargas.
La otra mitad de la decisión: a quién se lo encargas pesa tanto como el producto.