Historia del software libre: una impresora atascada

La historia del software libre no empieza en una reunión de marketing: empieza con una impresora atascada y un "no". De ahí salieron las cuatro libertades que hoy amparan tu ERP.

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Historia del software libre: una impresora atascada

Historia del software libre: una comunidad que compartía recetas

En 1971, un estudiante con pelo de profeta entró a trabajar al laboratorio de inteligencia artificial del MIT y encontró una comunidad con una regla no escrita: si quieres saber cómo funciona un programa, pides su código y te lo dan; si lo mejoras, la mejora es de todos. Richard Stallman lo contaría años después con una imagen doméstica: compartir software era tan normal como compartir recetas de cocina.

Aquello no se llamaba software libre porque el término aún no existía. Pero lo era. Nadie encontraba raro mirar el interior de un programa, igual que nadie encuentra raro mirar el interior de un motor. Esa normalidad es la que estaba a punto de morir.

La impresora que nadie pudo arreglar

El laboratorio recibió en 1980 una impresora nueva, una Xerox rapidísima para la época, con un defecto de carácter: se atascaba cada dos por tres. La anterior también se atascaba, pero Stallman le había modificado el programa para que avisase a quien esperaba su impresión. Quiso hacer lo mismo con la nueva y se topó con un muro: la impresora venía solo en binario, sin código fuente. Un investigador que había trabajado en Xerox tenía ese código, y cuando Stallman se lo pidió, de colega a colega, como se había hecho siempre, la respuesta fue que no: había firmado un acuerdo de confidencialidad.

Para casi cualquiera aquello era un lunes cualquiera. Para quien venía de aquella comunidad fue una revelación: el conocimiento para arreglar una herramienta de todos existía, y alguien había prometido no compartirlo. Stallman cuenta esa impresora como el momento en que entendió que algo estaba profundamente mal. Y mientras tanto, fuera del laboratorio, el mundo entero tomaba el camino contrario: el software cerrado dejaba de ser una rareza y se convertía en la norma de la industria naciente.

El paraíso vaciado

Lo que vino después fue peor que una impresora. A principios de los ochenta, el dinero descubrió a los hackers del MIT, y dos empresas nacidas del propio laboratorio, Symbolics entre ellas, fueron fichando a casi todos con sueldos que un laboratorio universitario no podía pagar. La comunidad se quedó vacía, el sistema que todos mantenían se apagó y el laboratorio compró uno nuevo, cerrado, que nadie podía tocar. Stallman se quedó solo, y durante casi dos años libró una guerra absurda de un solo hombre contra Symbolics, reescribiendo a mano cada mejora que ellos sacaban en secreto, solo para que nadie monopolizase aquella tecnología. Cuando entendió que su mundo no iba a volver, tomó la decisión más extraña de la historia del software: si no quedaba ninguna comunidad libre, construiría una desde cero.

La renuncia que lo cambió todo

En enero de 1984, Stallman renunció a su empleo en el MIT. No fue un gesto dramático, fue una jugada fría que él mismo explica: de seguir en plantilla, el instituto podría reclamar como suya la obra y ponerle condiciones. Renunció para que nadie pudiera cerrar lo que iba a escribir, siguió usando el laboratorio como invitado y durante años durmió en su despacho, que llegó a ser su residencia legal. Y aquí viene el detalle que desmonta el mito del ayuno voluntario: para vivir, vendía cintas con su editor Emacs a 150 dólares. Libre siempre quiso decir libertad de usar, estudiar y compartir, no ausencia de precio. “Libre como la libertad de expresión”, resume, “no como cerveza gratis”.

El sistema se llamó GNU y casi estuvo completo a principios de los noventa, pero el movimiento entero descansaba sobre un agujero legal que Stallman vio venir: si regalas código sin más, cualquiera puede cogerlo, cerrarlo y vendérselo a otros. Le había pasado al sistema de ventanas X, desarrollado en el MIT con una licencia permisiva y absorbido enseguida por los Unix propietarios de las grandes empresas. La solución llegó en 1989 y es posiblemente la jugada legal más elegante de la historia informática: la GPL. Usa la ley de copyright, pero del revés: en vez de restringir el programa, obliga a que se mantenga libre. Puedes usar el código, modificarlo, cobrar por él, pero si lo distribuyes, tienes que distribuirlo con las mismas libertades con las que te llegó a ti.

Ese principio, el copyleft, es la razón técnica por la que tu ERP abierto no puede acabar encerrado con candado. Odoo Community se distribuye bajo LGPLv3, un miembro de esa misma familia de licencias: la libertad que usas hoy te llega con cláusula de contagio.

Linux, un cáncer y un imperio que cambió de banda

A GNU le faltaba una pieza, el núcleo, y la escribió en 1991 un estudiante finlandés que anunció su proyecto en un foro con falsa modestia: “solo un hobby, nada grande ni profesional como GNU”. El kernel de Linus Torvalds era al principio software privativo y se liberó en 1992; junto a las herramientas GNU formó un sistema completo, y sobre esa combinación, que Stallman insiste en llamar GNU/Linux con razón histórica, se ha construido medio internet y todos los Android del planeta.

La industria tardó en tomárselo en serio y luego entró en pánico. El 1 de junio de 2001, el entonces consejero delegado de Microsoft, Steve Ballmer, declaró al Chicago Sun-Times que “Linux es un cáncer que se adhiere, en lo relativo a la propiedad intelectual, a todo lo que toca”. El imperio que pronunció esa frase hoy ejecuta su nube sobre Linux, integra Linux en Windows y pagó 7.500 millones de dólares por GitHub, la casa donde vive buena parte del software libre del mundo. No hizo falta que el profeta ganara la guerra: bastó que el imperio acabara jugando con las reglas que él escribió.

Qué tiene que ver una impresora de 1980 con tu ERP

Todo lo anterior podría parecer historia antigua si no fuera porque define las reglas del juego de tu sistema de gestión. Las cuatro libertades que acuñó aquel movimiento son, traducidas a tu ERP: ejecutarlo como quieras y para lo que quieras; estudiarlo y modificarlo para adaptarlo a tu empresa, lo que exige poder ver el código; redistribuir copias; y distribuir tus versiones modificadas. Sobre esas cuatro libertades vive Odoo Community, sin coste de licencias y sin límite de usuarios. Sobre su contraria vive el modelo en el que cada permiso se paga y cada cambio pide permiso, el mismo que convirtió una impresora atascada en el origen de todo esto.

La próxima vez que un proveedor te explique que el código de tu herramienta es secreto industrial, recuerda la impresora: alguien, en 1980, no pudo arreglarla porque le negaron la receta. Tu empresa merece la receta.

Siguiente paso

Si quieres ver qué significa en la práctica un ERP con las cuatro libertades, tienes la guía de qué es Odoo, el análisis de las ventajas del software libre para tu empresa y el argumento clásico de por qué software libre. La historia empezó con un “no”; la tuya puede empezar con un sí.